viernes, 17 de junio de 2011

...que nos indignamos

"Ayer pasé por una situación que me indignó muchísimo (una tontería), aún así, me indigné. Inmediatamente y seguido a esta indiganción, comenzaron a lloverme pensamientos, más bien imágenes, imágenes en donde yo manifestaba mi indiganación para/con esa persona. Estaba tan molesta e indignada, que comnecé a hablar rudamente y fuerte al aire, rayé una hoja con dos lápices negros y apreté los dientes escuchando música con los auriculares muy fuerte. Los pensamientos que desbordaban en mi cabeza no eran de Dios, no. Eran todas ideas puestas por el diablo, que en un momento de arrematada indignación, cualquiera hubiera puesto en práctica."
¿Qué intento decir con esto? Muchas veces nosotros los adolescentes nos indignamos de cosas grandes o pequeñas, pero nos indignamos. Y viene a nuestra mente varias formas de demostrar que estamos indignados: vestirnos de negro y hacer como que nada nos importa, gritarle a mamá y a papá de la nada, encerrarnos en nuestra habitación y poner música locamente fuerte para no escuchar a nada ni nadie, salir con personas que no nos edifican... todo para enseñarles a los demás nuestro nivel de indignación. Pregunto, ¿sirve de algo eso? ...yo creo que no, lo único que se logra es lastimar a las personas y a nosotros mismos, sin contar, que desagradamos a Dios con dicha actitud. No hay nadie que se ponga más triste con esto que Dios. Además, pensemos juntos en esto: nos enseñan a ser diferentes, a no dejarnos llevar por la corriente, y bajo esa indignación, ¿vamos a dejar desbordar todo? Hay formas y formas. Y esta forma, la de tomar los primeros pensamientos solo para mostrar a la persona que nos hizo sentir así que nos encontramos indignados, no es la solución. Se que es una situación donde muchas cosas se mezclan, donde salen recuerdos que parecían olvidados, donde las palabras de terceros ayudan a desbordarnos, donde el diablo mete rápidamente sus garrar, donde el lado sentimental parece ser mayor... pero eso no significa que nos dejemos a eso, no, de ninguna manera. Es momento de clamar a Dios, mismo en silencio. Presentarnos ante su Tribunal de Justicia y decirle, enseñarle, aclararle... Sentarnos en su regazo y contarle, aunque broten las lágrimas, aunque afloren los gritos y las palabras hirientes: es preferible con Dios que con cualquiera.
¿Quieren saber cómo termina la historia?
"Grité libremente, como si solo Dios me escuchara. Grité la verdad: lo que sentía, lo que me hicieron sentir y lo que el diablo quería que hiciera. Suspiré, tomé aire y comencé con mi clamor en silencio, todo luego de quitarme los auriculares y alejarme de mis compañeros. Respiré, lloré por dentro, y volví a clases en calma y tranquila. Hice los ejercicios y estuve muy bien. De camino a casa, canté mucho en el colectivo y me mantuve en oración, pensando qué hacer con lo que había sucedido. Olvidé mencionar, que en pleno brote de ira, y al borde de dejarme llevar por esos pensamientos, saqué mi Biblia y pensé Dame una palabra, dime algo, regáñame, lo que sea. Y Dios dio la palabra justa. Dios puso alegría en mi corazón, porque, a fin de cuentas, mi vida con Él crece y adquiero nuevas experiencias."
Es importante saber reconocer el papel de Dios en nuestras vidas:
Dios Amigo/a, Dios Hermano/a, Dios Padre, Dios Compañero/a... y ¿por qué no Dios Novio/a?

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