El libro comienza hablando sobre un joven, llamado Sigmundo Salvatrio. El era el hijo de un zapatero humilde, muy inteligente y simpático. Su padre lo amaba, y quería que su hijo continuase con el negocio de la familia, pero Sigmundo tenía otros planes. A él desde niño, le gustaban mucho los enigmas detectivescos provenientes de Europa: él soñaba con ser detective. En una oportunidad, consigue entrar en una escuelita de un famoso detective, el detective Craig. Debido a una serie de eventos no tan afortunados, Salvatrio queda como asistente y es enviado a Europa, a Francia, a París, llevando un mensaje. Una cosa trajo a la otra, y él estuvo en el lugar indicado, jugando por él y sus sueños, apostando y arriesgando todo: Salvatrio logra ser detective, joven, nuevo, y mucho mejor que los demás. Fue él y su pensamiento y su opinión, que no calló, los que le dieron la respuesta al crimen.
¿Por qué pensé en Dios y en sus hijos? Pregunto, ¿no es obvio? Dios trabaja con nosotros y nos hace salir adelante, cuando no tenemos miedo de hablar, cuando no nos falta coraje, cuando vamos de frente y no miramos situación ni circunstancia, sino que vamos con la verdad y de frente. Así Dios trabaja con nosotros. Él dice: "Vamos en lo cierto, haces lo correcto. Es así, así y así. ¿Lo hiciste? ¡Perfecto! Ahora ve y hazlo, yo voy por delante y tú por detrás." Pero Él espera que lo hagamos. Sigmundo lo hizo, tuvo fe en si mismo y no dudó.
¿Cuántos de nosotros no dudamos? ¿Cuántos no dudamos de nosotros mismos? Eso, jamás. Dios confia en nosotros, así que, si lo hicimos bien, no hay forma de dudar, de desistir de nosotros mismo.
"Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio."
2 Timoteo 1:7
No hay comentarios:
Publicar un comentario