Estuve observando el comportamiento de mi hermanita menor durante un día de la semana pasada. Resulta que me encontré ocupada con unas cosas de la escuela y demás deberes, y pude ver y observar su comportamiento y su actuar durante ese momento.
Mientras estaba estudiando, la niña tiró lápices, se tiró al piso sutilmente para hacer de cuenta que se había caído, comenzó a derramar lágrimas, a decir que quería "upa" y demás cosas. Yo la miraba y trataba de darle cosas para que se entretenga, hasta que la ignoré por un momento solo para ver qué sucedía: cada caso que ella creaba lo aumentaba por diez veces más. Tanto así, que terminé dejando todo a un lado y comencé a atenderla. Luego levanté la vista y me puse a pensar en nosotros y en Dios.
Hay veces en las cuales nosotros queremos llamar la atención. ¿A qué recurrimos? A sacrificios, clamores, lágrimas, ofrendas, diezmos... siempre buscamos hacer lo mejor para que Dios nos note. Multiplicamos nuestras oraciones, clamamos en horarios en que nuestro cuerpo no da abasto, nos esforzamos en los sacrificios para que sean mejores. Obedecemos y derramamos lágrimas. Dios es padre, Él nos escucha, mira para nosotros y responde, responde a nuestro intentos por llamar su atención. ¿En eso estamos? Ok. ¿Y ahora cuándo Dios quiere llamar nuestra atención? ¿Qué sucede entonces?
Dios también busca llamar nuestra atención, pero ¿cómo? Pensé mucho en esta respuesta. Personalmente yo escucho a Dios, porque Él habla, Él habla para sus hijos, Él se hace entender. Dios no llora, pero es como si a veces suplicara. Sí, que a veces suplicara a su hijo que por favor le haga caso, que por favor no sea terco. Pero, nosotros, sus hijos, a veces somos más que tercos.
En síntesis, Dios también quiere llamar tu atención. Él agota todos los recursos para que lo escuches, pero está en ti hacerlo. Si no hubiera atendido a mi hermanita, probablemente hubiera intentado llamar la atención de un modo más extremo y se hubiera lastimado, o se hubiera enojado y no me hubiera vuelto a dirigir una palabrita. Dios no se enoja, Dios no se lastima, pero luego de avisar una vez, dos veces, tres veces, Dios abre sus manos y deja que cada cual tome las consecuencias. Comencemos con este propósito: escuchar a Dios. Él habla en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia, no lo ignores, muchas cosas serían evitadas si lo escuchas a tiempo. Bendiciones!!
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